Llegamos a nuestro sitio de retiro para los ejercicios espirituales, a Valldemossa, a la casa de las Religiosas de la Pureza de María, a eso de las 9 de la noche del 16 de febrero de 2020, un domingo. El compromiso era permanecer allí hasta la mañana del sábado día 21, totalmente desconectados de las actividades ordinarias. Inmediatamente después del rezo de las completas, entramos en el silencio total, que no se rompería hasta la cena del viernes, día 20.

Los ejercicios los dirigía Mn. Antoni Riutort, canónigo de la Catedral y párroco de varios pueblos de Mallorca (Algaida, Montuïri, Sant Joan y Pina).

En el horario, la primera actividad de cada mañana a las 8h.00 era laudes y oración personal, luego el desayuno a las 9h.00. Luego, tras el desayuno, a las 10h.00 una meditación de algo más de 45 minutos. A las 13h.45 era el rezo de la hora menor de sexta, al que seguía la comida a las 14h.00. A las 16h.00 tenía lugar la segunda meditación. La merienda era opcional a las 17h.30. A las 19h.30 del lunes, miércoles y viernes se rezaba el rosario, seguido de la celebración eucarística con vísperas. En los martes y jueves, a las 19h.00, tenía lugar la celebración eucarística con vísperas, seguida de la adoración al santísimo. La cena era a las 21h.00 y las completas a las 22h.00. El resto, tiempo abundante para la reflexión y oraciones personales. El silencio era de rigor.

“LAS MIRADAS A JESÚS”

Este era el tema central: dirigir algunas miradas al Cristo del Nuevo Testamento, al Cristo creído y confesado en la Iglesia. Un aspirante a Jesucristo debe mirar al que vivió en continua obediencia a su Padre, amigo de publicanos y prostitutas, aficionado a malas compañías. Y como consecuencia de la mirada y conocimiento de Jesús, está el seguimiento.

El seguimiento de Jesucristo significa amistad con Él, y esta amistad es un regalo incomparable. La comunión con Jesús es lo más grande y más importante que le puede llegar a pasar a una persona (Jn 6, 68). San Pablo, en Filipenses 3, considera desventaja todas las ventajas comparadas con la amistad con Cristo.

El seguimiento de Cristo es un camino largo, con avances y retrocesos, con caídas y recaídas, tiempo de alegría suave e intensa. No podemos ser ingenuos en creer en el romanticismo del proceso. Seguir a Jesús es un desafío. Exige vencer el miedo, apoyarnos en la oración y frecuentar los sacramentos.

El seguimiento de Cristo exige cargar con su cruz. El tomar la cruz, el perder la vida para ganarla, no se refiere a los sufrimientos que la vida nos depara (enfermedad, accidentes), sino al sufrimiento que nos viene por seguir a Cristo (persecuciones, burlas, incluso el martirio). Porque en las situaciones difíciles, Jesús nos da una gran lección: acudamos al Padre; ante el mal de su crucifixión, responde con el bien; ante la negación de Pedro, Jesús le mira con amor.

El crucificado debería ser para nosotros un motivo de continua admiración absoluta. La cruz y la resurrección de Jesús son el lugar privilegiado donde Dios nos dice quién es y quiénes somos nosotros. Los apóstoles, con la resurrección del Señor, experimentan una profunda transformación interior y exterior. El grupo disperso se va transformando en una comunidad reunida en torno a Cristo, por obra del Espíritu Santo y las apariciones del Resucitado.

Con la muerte y resurrección de Jesús, la muerte pasó a ser un privilegio, porque a través de ella participamos en la muerte y resurrección del Señor. Al morir, enfrentados por el juicio del amor, nos vamos a la casa del Padre, a la casa de Jesús. Y lo que nos espera allí es mejor que lo que hemos vivido.

Después de cuatro días meditando sobre el seguimiento de Cristo, en el quinto y último día el director de los ejercicios destacó que la vocación al sacerdocio es una llamada de Dios, un don que hay que recibir con obediencia, agradecimiento y responsabilidad, configurándonos estrechamente con Jesucristo. En la vida del sacerdote, deben ocupar lugar central la celebración de los sacramentos, la Palabra de Dios, la oración, el servicio y el amor.

Este último día se concluyó como de costumbre, salvo que después de la celebración eucarística con vísperas y la cena, dimos un paseo hasta las 11 de la noche para conocer un poco Valldemossa.